Gabriel
17/Ago/2011
bloody hand
04

A quien quiera leerlo:

Una gran punzada de dolor me atravesaba el pecho. A cada paso que daba sentía como si mis piernas fueran a partirse en dos. De mi boca sólo salían pitos ahogados, pugnando por encontrar un poco de aire. Pero no podía parar de correr.

Alex había vuelto de entre los muertos y, aunque emitía sonidos guturales ininteligibles, yo sabía que gritaba por mi alma, reclamando su justa venganza. Su cadáver putrefacto se arrastraba por las calles, pero por más que corría él siempre estaba detrás de mí.

Entré en casa y atranqué la puerta. Ojalá Abel esté a salvo, pensé. Enseguida fui a su habitación, pero lo que me encontré allí me dejó totalmente sin aire. El jefe militar encañonaba a mi hermano directamente a la cabeza. Una sonrisa triunfal cruzaba su rostro, movida al compás de su interminable masticar.

Un sonoro golpe hizo que mirara hacia atrás. Alex había derribado la puerta y se dirigía hacia nosotros.

—Nos lo llevamos —dijo el militar con una voz que no parecía provenir de este mundo. Se quitó las enormes gafas de sol y lo que había detrás de ellas, me habría hecho gritar de no ser porque Alex estaba desgarrándome la garganta a mordiscos.

Las cuencas vacías del militar me observaban mientras levantaba a mi hermano en el aire, como si fuera un trofeo. Abel agarraba con sus pequeñas manitas los enormes dedos que le aprisionaban la garganta. El ruido que hacían sus piernas pataleando en el aire, junto con sus cada vez más débiles jadeos, eran silenciados por las sonoras carcajadas del jefe militar.

—¡Abel! —quise gritar antes de que sintiera como mi cuello se partía en dos.

Me desperté sobresaltado. Húmedos surcos recorrían mis mejillas, dejando tras de sí un sabor amargo en mis labios. Noté algo rugoso en mi mano, al fijarme vi que había arrancado un trozo del reposabrazos del sofá. Intenté colocarlo como pude de nuevo en su sitio. En mi vida había tenido un sueño tan real, una pesadilla que no podré olvidar jamás.

Aún quedaba mucho por hacer antes de que Abel se despertara, así que me froté con fuerza los ojos y me dispuse a afrontar un nuevo día.