Prólogo

Después de muchas horas de trabajo por fin he conseguido encontrar un punto de acceso a la red que no estuviera vigilada ni por militares ni por el gobierno, aunque no sé cuánto podrá durar…

Nos tienen encerrados en nuestro pueblo, repudiados como si fuéramos escoria. Tiemblo de indignación mientras escribo estas palabras. Ni en la televisión, ni en la radio hablan de nosotros; y cuando descolgamos el teléfono sólo recibimos el silencio al otro lado de la línea.

Todo empezó con la irrupción de los militares en el pueblo, bloqueando todos los accesos y salidas. Después fueron por las calles avisando por megafonía de que nadie saliera de sus casas hasta nuevo aviso. Al caer la noche, gritos y ruidos extraños resonaban en las calles.

Trasladé entonces todas mis cosas a mi lugar de trabajo, la oficina de correos. El sótano de este edificio es el sitio más seguro de todo el pueblo.

Un día una carta aterrizó de repente en el buzón de correos. A los pocos días volvió a caer otra, y así sucesivamente. A cuentagotas llegaban las cartas de los vecinos, suplicantes palabras que anhelaban ser leídas, intentando buscar un poco de luz dentro de esta siniestra oscuridad.

Es mi deber hacerlas llegar ahora al resto del mundo. Todos tienen que conocer la verdad sobre lo que está pasando en este pueblo.