Gabriel
15/Jan/2016
bloody hand
30

A quien quiera leerlo:

Fuertes golpes atronaron contra la puerta.

Todos nos giramos asustados. Ana terminó con rapidez de ajustar las cuerdas de las trampas que había preparado. Yo eché mano a mi bate. Lucía recogió a los niños en su regazo y puso a punto su pistola. Oí como el cura rezaba un padre nuestro, temblando.

Nuevos golpes sobresaltaron nuestros corazones.

Miré a Ana, que me hizo un gesto con su dedo para que me mantuviera en silencio. Sostenía su cuchillo con la mano.

Otra vez la puerta resonó, acompañada ahora de una voz que gritaba pidiendo ayuda. Enseguida reconocí esa voz. ¡Era Sebas! ¡Ese cabrón seguía vivo!

Fui directo a la puerta, pero Ana me cogió del brazo con fuerza. La miré enfadado y la aparté de un manotazo. Fuera una trampa o no, no iba a dejar a Sebas en la calle.

No pude ocultar mi sorpresa cuando me encontré a mi amigo.

―¡A ti no hay quien te mate, hijoputa! ―le dije dándole palmadas en la espalda.

―Ya veo que a ti tampoco, malnacido ―respondió.

Pero mi alegría se esfumó en cuanto vi al cuerpo que se arrastraba a duras penas detrás de él. Agarré mi bate presto a partirle la cabeza en dos.

―¡No! ―gritó Sebas, interponiéndose en mi camino.

A toda prisa, me explicó que era la doctora, Iria, y que a pesar de su apariencia, no era peligrosa. No estuve de acuerdo y nos pusimos a discutir. Me explicó cómo habían podido sobrevivir gracias a ella y todo lo ocurrido durante el viaje. Hablaba tan rápido que apenas pude entender la mitad de sus palabras. Le dije que estaba loco si pensaba que iba a dejar que esa mujer medio putrefacta estuviera cerca de Abel, pero Sebas me atajó, diciendo que no había tiempo para eso, los militares estaban a punto de llegar. Al oírlo, Ana, que había estado ocupada en volver a cerrar la puerta, empezó a darnos órdenes para que nos preparáramos.

Obedecí a regañadientes y, pensando en encontrar un lugar seguro para mi hermano, fui a preguntar al sucio fraile por los planos del monasterio.

No tuvo tiempo de contestar, los rugidos ensordecedores de los camiones militares se oyeron a través de la puerta.

―Ya están aquí ―dijo Ana con aplomo.

Desesperado, llevé a Abel y Nataly con el cura. Lucía hizo lo mismo con el otro niño, indicándole mediante señas que fuera con ellos. Al principio se opuso, pero su cara de cabreo le hizo recapacitar.

―Llévatelos y escóndelos en un lugar seguro ―le dije―. Si les ocurre algo malo, te mataré.

El Padre no dudó ni un segundo, cogió a los tres y se los llevó fuera de allí. Ana me miró con una sonrisa, agradeciéndome que hubiera sacado a su hermana del peligro. Se la veía tan preciosa. Ojalá nos hubiéramos conocido una noche de fiesta en el “Lupu’s” y no en un maldito apocalipsis zombie.

La puerta atronó. Los militares la querían echar abajo como fuera.

Ana empezó a hacernos señas para que fuéramos al escondite que había montado alrededor de las estatuas a modo de señuelo. Busqué con la mirada a Iria, pero había desaparecido. Por un momento temblé al pensar que podría haber ido detrás de los niños.

La puerta cayó en medio de un estruendo, levantado una nube de polvo que no nos dejaba ver nada. Los militares abrieron fuego a discreción.

Ana, desde su escondite en el confesionario, activó todas las trampas y la entrada al monasterio se convirtió en una tela de araña mortal que rebanó carne y huesos. Los militares supervivientes empezaron a disparar en todas direcciones. Levantando aún más polvo y sangre.

Las trampas habían funcionado a la perfección, pero no fue suficiente. Permanecimos inmóviles en nuestros escondites. Apenas podíamos ver nada por culpa de la nube de polvo, pero eso solo ayudó a que nuestro engaño fuera más efectivo, haciendo que las siluetas de las estatuas les confundieran. No se percataron de nuestra presencia hasta que fue demasiado tarde. Salí de mi escondrijo, reventando casi de seguido dos cabezas. Escuché gritos y disparos a mí alrededor, pero no podía ver al resto del grupo.

―¿Estáis bien? ―pregunté.

Nadie respondió y me temí lo peor.

De repente, una mano se apoyó en mi hombro y me pegué tal susto que casi le arranqué la cabeza a Lucía. Me sonreía y, cuando le devolví la sonrisa, ella tiró su pistola y me cogió de la cara con las dos manos, dándome un fuerte beso en la boca. No supe que decir y, cuando se apartó, me quedé de piedra al ver a Ana detrás de ella. Su expresión no reflejaba nada, ni rabia, ni sorpresa.

―Es mejor que te prepares ―dijo.

Como en respuesta a sus palabras, una nueva lluvia de balas arrampló a través del hueco de la entrada. Lucía se abrazó a mí y noté como su corazón golpeaba su pecho con fuerza a la misma vez que sus lágrimas empapaban mi cuello. La abracé en un gesto involuntario. Cuando volví a alzar la mirada, Ana ya no estaba allí. En su lugar se encontraba Sebas.

―No vamos a salir de ésta, colega ―dijo entre medias del aullido de las balas.

No pude responderle, yo también me temía lo peor.

―A mí ya no me quedan balas―continuó― y la pistola que ha tirado tu novia también está vacía. Solo nos quedan tu bate y mi navaja, así que allá vamos.

Asentí con la cabeza, no quería perder tiempo explicando a mi amigo que Lucía no era mi novia. La aparté con suavidad.

―Tienes que ser fuerte, tienes que luchar ―la dije acariciándola el cabello―. Por nosotros, por el pueblo…

―Por el Rulas… ―continuó Sebas.

Le miré.

―Por Alex… ―dije.

―Por Suko…

―Y por el pervertido del Paji ―terminé diciendo.

Ambos nos reímos. Lucía esbozó una sonrisa y cogió con fuerza una barra de hierro.

Iba a salir yo primero, pero mi amigo me frenó, poniéndose por delante.

―Tú tienes a Abel ―dijo.

No tuve tiempo de reaccionar. En cuanto salió del escondite, una bala le atravesó la cabeza. Me quedé inmóvil, sin saber qué hacer.

Escuché otro disparo y temí que hubieran matado a Ana también. El silencio que siguió a continuación pesaba como una losa sobre mi cabeza.

Mi corazón latía con fuerza. No veía la manera de salir de ahí con vida. En ese momento, recordé a mis padres y me maldije por no haber sido capaz de cumplir la promesa que le hice a Abel delante de sus tumbas.

¿Por qué seguía sin oír nada, acaso estaban jugando con nosotros antes de darnos el golpe final?

Estuve a punto de asomarme cuando un grito desgarrador entró por la puerta principal, el cual fue seguido por otros más, a los que se sumaron una ráfaga de ametralladoras.

No sabía qué coño estaba pasando y por un momento pensé que podría ser un milagro, que al final Dios existía.

―¡Corred!

―¡Ana! ―exclamé sorprendido.

―¡Vamos, coño! ―dijo al ver cómo la miraba.

No os podéis hacer una idea de lo que sentí al ver que seguía viva.

―Deja que coja a Sebas, no puedo dejarle aquí ―dije.

―¡No hay tiempo, él ya está muerto! ―respondió, empujándome.

Apreté los dientes y salí detrás de ella. Eché una fugaz mirada hacia el cadáver de mi amigo.

Nos metimos en los pasadizos por los que entraron el cura y los niños. Mientras corríamos, Ana nos contó cómo había visto a los zombis atacar en masa a los militares que nos esperaban fuera. El ruido del enfrentamiento los había alertado.

Unos gritos nos sorprendieron en mitad de la carrera, parecía el cura hablando en latín a través de una puerta enorme de madera. Vimos a Iria empujándola, pero se echó a un lado en cuanto nos vio. Sin dudarlo, derribé la puerta de una fuerte embestida.

La escena era dantesca, un montón de zombis vestidos como frailes estaban encima del cura. Ana disparó su arma mientras yo reventaba el bate contra la cabeza de esos monstruos.

Suspiré de alivio al ver a mi hermano como corría hacía mí y le abracé con fuerza. La pequeña Nataly hizo lo mismo con su hermana mayor, mientras que el otro niño se agarró a Lucía.

Miré a mí alrededor, la estancia parecía ser una capilla llena de elementos lujosos y con un cristo enorme en mitad de la sala.

Ana se acercó al cura, que lloraba como una nenaza en un rincón, y le preguntó si se encontraba bien. Él la miró con cara de susto y, gritando histérico, salió corriendo de la sala.

Salimos de aquél maldito lugar. Iria nos seguía en la distancia, mirando de un lado a otro, como buscando a alguien. Me imaginé que estaría esperando ver aparecer de un momento a otro a Sebas.

―Sebas está muerto ―le dije con aplomo.

Ella me miró desconcertada y por un momento me pareció ver dolor en sus ojos. ¿Tanto cariño sentía ella por mi amigo? Me sorprendió que aún quedaran tantos signos de humanidad dentro de ella a pesar de su deplorable aspecto.

No tuve tiempo de decirla nada más, pues Lucía nos hizo señas para que le siguiéramos hasta una extraña puerta.

Ana examinó la estancia con detenimiento.

―Parece ser una especie de despensa de emergencia―dijo―. Seguramente se construyó durante la guerra civil ya que éste monasterio servía como refugio para las gentes del pueblo y alrededores. Deberíamos comer y descansar un poco antes de salir de aquí.

―¿Y los militares de allí arriba? ―pregunté.

―Seguramente hayan huido al verse superado en número por los zombis ―dijo mientras buscaba comida por las estanterías―. Creo que tendremos unas horas antes de que unos u otros lleguen hasta aquí.

No la rebatí, estaba agotado y tenía muchas cosas en las que pensar. Además, no vendría nada mal que Abel comiera algo y durmiera un poco.

Me hizo mucha gracia ver como él y Nataly se cogían de la mano mientras seguían a Ana.

En ese momento, me sentí mal por Sebas. De haber sido creyente, habría rezado por su alma, pero ahora lo único que podía jurar en su memoria es que iba a hacer todo lo posible para que su sacrificio no hubiera sido en vano.

Siempre te llevaré en mi corazón, amigo.