Alicia
10/Dic/2011
bloody hand
09

Hace cosa de una semana mis compañeros y yo nos reunimos en la cocina de mi casa para celebrar una asamblea en la que básicamente se trataba de decidir qué hacer con nuestras vidas. Sí, era genial no tener que vivir bajo el yugo de las dictaduras paternas, pero vivir en democracia también podía ser duro, sobre todo porque había que pararse a pensar de vez en cuando. No tardamos en percatarnos de que bajo aquel techo había dos posturas enfrentadas: Luisa y yo votábamos por quedarnos en casa y resistir aquella invasión zombi como buenamente pudiéramos, limitándonos a hacer pequeñas incursiones para conseguir provisiones, mientras esperábamos a que nos rescataran; sin embargo, Miguel, Sergio y Sara, que habían formado piña, insistían en que había que largarse del centro del pueblo cuanto antes y procurar cargarnos al mayor número posible de zombis, al tiempo que tratábamos de encontrar una forma de saltar la valla electrificada.

—Pensadlo bien —nos dijo Miguel—. ¿Realmente queréis que nos quedemos aquí encerrados? ¿Haciendo el qué? ¿Mirándonos los caretos? ¿Viendo la tele?

—¿Es que créeis que alguien va a molestarse en salvarnos? —añadió Sara—. Está claro que si han puesto la puta valla alrededor del pueblo es porque quieren dejar que nos pudramos aquí adentro… ¿Es que vamos a quedarnos cruzados de brazos?

—Además —dijo Sergio—, tarde o temprano no podremos conseguir más comida… y, ¿entonces qué? ¿Nos comeremos los unos a los otros?

Traté de resistirme a sus argumentos, pero reconozco que lo de la tele fue decisivo, pues últimamente la programación era pésima.

—De todos modos —les dije antes de dar mi brazo a torcer—, quiero que conste que esto no es una democracia, sino una dictadura encubierta: ¡aquí siempre acabamos haciendo lo que dice Miguel!

En cuanto a Luisa, se limitó a ponerse a llorar, pero no sé si era porque tenía miedo a salir de casa o por su brazo, que pintaba fatal. Sara y yo le habíamos pedido que nos lo enseñara aquella misma mañana y ella lo hizo, tras hacernos jurar que no se lo contaríamos a los chicos.

—Me estoy convirtiendo en uno de esos zombis, ¿verdad? —nos dijo mientras mi hermana y yo tratábamos de mantener la compostura ante aquel amasijo maloliente de pus, gangrena, o lo que diablos fuera aquello—. ¡Tengo miedo!

Quizás sea un error ocultarle esto a Miguel y Sergio, pero Luisa es mi amiga y me da igual si es humana, medio zombi, o zombi del todo: siempre estará en mi equipo. Igual que papá, o Loli y su familia, que también deben de haber enfermado, o mis compañeros de clase y los profes (menos la de Latín, a la que nunca he tragado). Me da lo mismo lo que me diga Miguel: no sólo no me los cargaré nunca, sino que tendrán que pasar sobre mi cadáver para hacerlo. Sara no dice nada, pero sé que piensa igual. Además, ¿qué pasa si un día encuentran una cura, eh? ¡No nos lo perdonaríamos nunca!

Ahora estamos organizándonos un poco, ¿sabes? No puedes salir a lo tonto y a lo loco y ponerte a matar zombis así como así… porque entonces lo más probable es que el que acabe muerto seas tú. Para empezar, todos los días jugamos una media de dos horas a los videojuegos de zombis de Sara; también salimos a la calle en parejas para aprovisionarnos de comida, buscar armas y observar al enemigo; finalmente, Luisa, que es la única que no sale de casa, se ha puesto a cosernos trajes a todos porque si vamos a ser superhéroes, tendremos que ir vestidos para la ocasión. Según Miguel, aún nos queda la prueba de fuego:

—¡Tenemos que matar a nuestro primer zombi!

Porque está claro que una cosa es matarlo sobre el papel… y otra bien distinta es encontrarte frente a uno y clavarle una estaca en el corazón.

—¡Que no son vampiros! —me dice Sergio con aire burlón.

Es igual, sean lo que sean, ¡allá vamos! ¡Temblad, malditos!