Padre Tomás
04/Sep/2011
bloody hand
05

Querida Teresa:

Como puedes ver, sigo vivo. Tras una larga noche de pesadillas, desperté. En verdad no sé si fue una noche o varios días, pero por fin descansé y me levanté más positivo. Cuando la luz del sol entra por las vidrieras, las cosas se ven de otro color.

Por alguna razón el calentador no funcionaba, pero una ducha fría me sentó bien. Todavía tenía leche para desayunar, y unas pastas chuchurrías. Lavé la sotana, que estaba hecha un cristo. Me puse a barrer y fregar. La sacristía, ahora lucía como en los buenos tiempos. Cuando entré en la capilla, vi las manchas de sangre por todas partes y el destrozo ocasionado por la lucha. Me estremecí, no había sido un mal sueño.

Seguí limpiando. Salí al patio y comprobé que la tumba de Rocío seguía ahí. Las otras tumbas permanecían abiertas, daba la impresión de que los muertos habían salido de ellas. El miedo se apoderó de mi cuerpo y busqué vino en los escondites habituales, pero solo encontré botellas vacías.

Tenía que salir de allí, tenía que entregarme a la policía, tenía que confesar mi crimen. Pero ante todo, tenía que enviarte las cartas.

Salí corriendo de la iglesia. Esta vez el panorama era distinto, el sol brillaba en lo alto del cielo, las ventanas seguían cerradas, pero se veía a la gente pasar por la calle, cargados con bolsas. Parecía un día normal, pero estaban asustados y corrían hacia sus casas. Ni siquiera saludaban. Me crucé con Martín, el del bar. Llevaba un extraño paquete y no quiso parar.

—¡Hola, padre, me alegro de verle vivo! —dijo mientras se alejaba.

No me dio tiempo de preguntarle si tenía alguna botella de sobra.

Todo aquello era muy extraño.

La oficina de correos continuaba cerrada, así que dejé las cartas en el buzón. Me acordé del militar de las gafas de sol y me fui, por si acaso. Era el momento de entregarme a la policía.

Iba por las calles convenciéndome a mí mismo de que era lo que tenía que hacer. El bar de Sebas parecía estar abierto, aunque no se veía a nadie. Pensé en entrar, pero allí no me fiaban, además tenía que cumplir con mi cometido.

Cuando llegué a la comisaría estuve más de dos horas decidiéndome a pasar, y cuando le eché valor vi a un guardia civil salir corriendo.

Era Leocadio, al que llamaban «Pichabrava», nunca lo había visto gritar de esa manera. Me quedé perplejo, no sabía qué hacer. Se acercaba la noche y la gente desaparecía de las calles.

Al rato salió otro guardia civil de la comisaría, era el bueno de Matute, tenía un mordisco enorme en el brazo.

Asustado, me fui como alma que lleva el diablo, de vuelta a la iglesia. Una vez más, me la había dejado abierta. Entré corriendo y cerré las puertas a cal y canto.

Había entrado alguien, la pila bautismal estaba tirada en el suelo y los bancos descolocados. Registré la iglesia de cabo a rabo, comprobé que la tumba de Rocío seguía allí y que nadie había profanado las otras.

Me estoy volviendo loco. Me han robado la comida, solo me queda un cuscurro de pan duro y el taper de las lentejas.

No quiero asustarte, prefiero no pensar. Creo que me voy a acostar, y si mañana me levanto, ya veré.

Por favor, Teresa, no me olvides, necesito saber si has perdonado lo que te hice.

 

Tu hermano que te quiere.

 

P.D: Padre, si voy a morir, no me des la extrema unción, dame un trago de vino.