Padre Tomás
19/Jan/2012
bloody hand
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Querida Teresa:

No sé si te llegarán mis cartas. Hemos vigilado la oficina de correos un par de días, pero nadie ha venido a por ellas. Aún así, te sigo escribiendo.

Necesito hablarte, saber de ti. Necesito que me perdones y no sé como.

Todavía recuerdo el día en que, papá, mamá, tu y el tonto de tu marido, me dejasteis el dinero, para la capilla, para los pobres, la obra del Señor y todas esas milongas que os conté, para luego gastarlo en alcohol y sabe Dios en que más.

Siento todo aquel escándalo. Ver pasear al pequeño cabezón por la iglesia todo el rato, me lo recuerda una y otra vez.

Este niño debería odiarme por lo que le hice y sin embargo ya me ha salvado la vida un par de veces.

Tendrías que ver lo bien que limpia y la mano que tiene para cocinar. El jodío tiene un mapa del pueblo y va marcando los sitios en los que hemos estado, en los que hay gente encerrada y donde hemos visto grupos de zombis o infectados, como él los llama. En cuanto tiene un rato, se sube al campanario para vigilar. Yo no quiero ir con él porque tiene que ser espantoso el panorama desde ahí arriba.

He estado recordando mis errores del pasado para no pensar en los horrores del presente.

Los últimos días han sido bastante rutinarios, a pesar de los golpes que a veces dan en la puerta y los ruidos que se oyen en la calle. En una ocasión, llegamos a escuchar la sirena escacharrada de una ambulancia.

Por las noches, Miguelín me pedía que le contara algún cuento y yo le di la biblia para que la leyera. A él le encanta y a mí me distrae, aunque no se entienda bien su voz de mongolito.

Es increíble verle, arrinconado en el despacho, a la luz de las velas, leyendo las Sagradas Escrituras como si contara historias de miedo junto a la hoguera de los boy scout.

Con el Génesis se liaba bastante y no paraba de preguntarme por los siete días, la costilla, la manzana y todo eso. La historia de Noé le encantó, pero lo pasó muy mal con el sacrificio de Isaac, se le saltaron las lágrima cuando Abraham alzó el cuchillo.

—¡Pero no chilles, idiota! —le grité al pobrecillo.

Con el Éxodo estaba entusiasmado, y eso que no había visto la película de Charlton Heston. El puñetero se ha leído en un par de días el Pentateuco de pe a pa. Por el momento le tengo prohibido leer el Apocalipsis.

Esta noche hemos arrebañado las latas que nos quedaban y ya vuelvo a estar nervioso. Mañana tendremos que salir a por más comida. Aprovecharé para mandarte esta carta.

El tonto de Miguel me ha dejado escrita una cita del libro de Josué:

Sé fuerte y animoso; no tiembles ni temas, porque Yahvéh, tu Dios, irá contigo adondequiera que vayas.”

Espero que estés a salvo, y que todo esto suceda solo aquí. Me da la impresión de que los militares que nos rodean no tienen ninguna intención de ayudarnos.

 

Tu hermano Tomás.

 

P.D.: Padre, gracias por estos días de serenidad en los que casi olvido la botella de vino que tengo guardada.